Acostumbrarse
Es como si no existiera forma de verbalizar. No, definitivamente no hay formas. Si pudiera sacar la nebulosa que hay adentro de mi cabeza y de mi corazón lo haría para intentar plasmarlo en un papel. Pero no hay forma. Me veo exigida a intentar traducir un idioma que no sé hablar a uno que puedo escribir. Y en esa exigencia hay tropezones, detalles que no se describen igual a como existen.
Hace cinco días mi abuelita ya no está en la Tierra. Hace cinco días que me siento amortiguada, como si hubiera un velo delante de todo lo que hago, digo y miro. Al tercer día me desperté llorando sin siquiera tener un pensamiento formulado en la cabeza, solo como si mi cuerpo llorara una ausencia. Estoy lejos y no me quiero imaginar lo que debe sentir mamá, en una casa donde antes estaba su mamá y ahora ya no. El peso de la presencia es tan agobiante cuando ya no está.
Y es extraño imaginarse una rutina, salir a la calle y ver como la vida continua a un ritmo que no se detiene y cómo sería necesario decirles a todos que esperen un rato, que ya voy.
Me acuerdo que siempre que le decía “te amo” a mi awelita, ella solía contestar “ya lo sé”. Pero no de una forma soberbia, sino de una forma dulce, calmada. Como si saberse amada le causara ternura y tranquilidad. Tranquilidad en un tiempo de su vida donde ya no ocurrían grandes cosas, donde todo lo que pudiera haber dolido antes, ya no existía, porque la cuidábamos… y mucho. A veces nos cuestionábamos el por qué no decía que ella también nos amaba, acostumbrados siempre a la respuesta automática que detona reciprocidad. Pero hoy me doy cuenta que realmente no importa, porque sé que lo hacía. Sé que en ella habitaba un amor tan sensible que seguramente pocos pudimos comprender. Hoy me basta que haya sabido que la amaba. Que haya tenido la seguridad de que la amaba al punto de decirmelo… “ya lo sé”.
Hoy me da paz que lo haya sabido, y que eso sea lo que se haya llevado a su nuevo camino. En esa respuesta tan particular, se llevó un pedacito de nuestra alma, de mi alma y me dejó el olorcito de la suya. Ese olorcito a color rojo y rosa, como su pintura de labios. Entiendo que lo que sigue es acostumbrarse… Acostumbrarse a que después de tantos años, ya no está aquí para charlarme o pedirme que me siente en sus piernas.
Después de tantos años y momentos vividos, le tocó transformarse. Se transformó en una ausencia física pero en una presencia que lo envuelve y envolverá todo. Como su pintura de labios.
Parte del duelo es no resistirse ni seguir buscando, sino acostumbrarse a esa nueva forma de vivir. Vivir para honrar. Vivir para que siga sabiendo que la amo.
Cuando alguien cercano se va físicamente, nos encontramos de forma torpe con la mortalidad. La mortalidad de todos e incluso la nuestra. Surgen muchísimas dudas y vacíos que no se pueden llenar. Pero hay un algo… Un algo de saber que el amor es tan grande que no se puede perder ni esfumar, ni diluir ni quedar en nada, y que me acerca un poco a la esperanza. Ver que a la vida terrenal la subyace otra vida más amplia, más abarcativa, que nos conecta y no nos deja perdernos en la inmensidad. Al contrario, nos abraza.
Hubo un experimento que se realizó y que se puede buscar como “entrelazamiento cuántico”, en donde se comprobó que dos partículas (fotones) que habían estado juntas y que luego fueron separadas, al alterar a una, instantáneamente se veían consecuencias en la otra que se encontraba a miles de kilómetros de distancia.
Descansé en ese experimento y dejé que se instaurara en mí hasta internalizarlo como real. Porque es real, solo que no lo hacemos cotidiano ni lo interiorizamos y por eso resulta tan ajeno y tan difícil de aplicar a nuestra vida, pero ahí está. Uniéndonos. Entonces, ¿cómo mi abu no iba a recibir el amor que siento? Incluso ahora que no sé por cuál proceso estará pasando. Pienso que luego de morir, a cada uno nos debe tocar un camino que no es igual para todos, y sea cual sea por el que esté transitando yo siento que sabe que aún la abrazo aunque no sea con mis brazos.
Eso me lleva a ver el amor en cada rincón, y celebrarlo. A ver los pequeños gestos de personas que cerca de mí, me contuvieron a mí y a mi querida mamá, y que me mostraron pequeñas chispitas de luz dentro del dolor. El ying y el yang del dolor, en donde a veces incluso en lo más oscuro, en la ardiente impotencia, hay belleza. Ese amor que se crea y se agranda se hace casi tangible durante la vida, y es por eso que estoy segura, que hoy y siempre, mi abue aún sabe que la amo. Y que siempre la amaré.

Comentarios
Publicar un comentario