Entre las hojas y mis venas
Me senté a sentir la vida.
Me pregunté qué es eso que a todos nos provoca una sensación de que estamos sólos y a la vez no. Como cuando llueve en la ruta y la miramos mojada por la ventanilla. Como cuando en verano corre viento y las hojas verdes resaltan en un tejado gris, o como cuando entra sol a la casa y encalidece un rincón que casi siempre permanece a oscuras. O que tal cuando escuchamos una canción que nos gusta y el mundo parece callarse… ¿cómo se llamará el momento en que el tiempo deja de girar? Porque si lo sentimos, pasa. Existe.
Mirar las montañas es ver a un ser enorme que carga encima árboles, tierra, pequeños y grandes animales de paz, acaricia el cielo y agradece al sol.
¿Y si todos pudiéramos verlo? ¿Nos curaría? ¿Lo entenderíamos todo al menos por un momento?
¿Y si nos miráramos a los ojos y viéramos en ellos la playa que más nos gusta, no entenderíamos que somos?
Encontrarnos en el pelaje largo de un cachorro, sonreír con los ojos tiernos de un delfín, cantar con la bandada de golondrinas, abrazar el ancho cuerpo de un caballo, apreciar de lejos el alma de cada criatura sin querer robarla de su mundo.
Todos podríamos sentarnos a sentir la vida. Y correr a buscarla.


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